¿Dónde está el instinto en el acto amoroso? Se me figura un imposible el acto amoroso sin esa parte de bestialidad, en el sentido más natural posible, menos culturizado o civilizado. Son los instintos dominantes y sublimados, según la psicología, lo que logra dominar lo animal en el ser humano. Pero en ese laberinto que damos por llamar corazón, se encierran una serie de misterios que es difícil descifrar. Es el vagabundear de Teseo por los pasillos para encontrar a Ariadna y ese monstruo, que tal vez no sea otro que el mismo Teseo, que a dominando sus impulsos para terminar con lo que quede de salvajismo, dando paso al instinto sublimado al que llamamos amor.
La muerte del minotauro, es en la mitología, la psicología y el arte, también el de la bestia deseosa. Teseo mata a su hermano y después se aleja de la bella Ariadna que le ayudó a escapar del monstruo encerrado en el laberinto del goce. Es el deseo el que domina sobre la despedida y la muerte, pues no se entiende su fin sin la búsqueda de la satisfacción. Y así Ariadna despide a Teseo, como en la muerte; por su parte, ella queda en el abandono, sola, desnuda y deseosa.
Es aquí donde tomo de Roberto Calasso este pasaje:
Del cuerpo de Ariadna abandonada caen una tras otra todas sus vestiduras. Y es una escena de luto. Inmóvil como una estatua de Bacante, recién despertada, la hija de Minos mira en lontananza hacia el eterno ausente , allí donde ya ha desparecido la veloz nave de Teseo, y su mente oscila entre las altas olas. Caen de los cabellos rubios la ligera cinta que los retenía, el manto del el pecho al descubierto, los blancos senos ya no están sujetos por la faja. Una tras otra parecen espaciados a sus pies las ropas con las que había partido para siempre. Las olas juegan con ellas entre las algas y la arena.
Somos bestias amorosas

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