jueves 5 de febrero de 2009

OB(S)ENOS Y PALABRAS SUCIAS



La palabra explora la dulzura de la candidez y lo ominoso de las sombras. No es que no haya suficiente poesía, lo que falta es la obscenidad. De la dulzura de las promesas, el elogio de la belleza y la declaración del rendimiento amoroso se ha dicho demasiado. ¿Por qué no dejarse caer en las sensaciones para retozar entre las palabras que se dicen al oído, del secreto, al secreto, para depositar en quién oye el veneno de la lujuria, que no termina de aniquilar, sino que nos abisma al infinito goce?.

Penetrar su oído con palabras para provocar el estremeciento del cuerpo. El código de la intimidad no se viola con las obscenidades, sino que se recrea y fortalece, se murmura al oído. La intimidad obscura del deseo. El amor que se disfruta en el reguero de obscenidades, revolcándose entre el lodazal del placer. Palabras que hechizan y muerden los resquicios, hasta inflamar los pechos y hacer relampaguear las espaldas de quienes se insultan. Gritando para desgarrar y sacudir, golpearse hasta el desfallecimiento, acariciarse bestialmente. Basta desatar nuestras lenguas entretorcidas, serpeantes, para que se arrastren en busca de la putería y el amor desenfrenado. Las palabras que violan la castidad de la consciencia, que se adentran en el cuerpo como calvos ardientes asidos al paroxismo, dejando atrás el umbral del cuerpo para caer en el inexplicable misterio de la lascivia y el amor.

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